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5 de marzo de 2014

Un parque invisible y un tren que ya no existe

A través de tres cancelas muy modestas -casi escondidas- que se abren respectivamente en Hartington Road, Franklin Street y Picton Street, podemos acceder a una estrecha franja de terreno ajardinado: William Clarke Park. Un césped modesto, un equipamiento rústico, una escueta zona asfaltada con una canasta y un área de juego para los más pequeños componen el parque, que se va estrechando hacia el sur, en paralelo a todo lo largo de Bonchurch Road, hasta terminarse contra las verjas de unas canchas de baloncesto anejas a la escuela Elm Grove. La calle del mismo nombre transcurre, perpendicular pero unos metros más alta, al otro lado de las canchas.

William Clarke Park, mirando al sur

William Clarke Park, mirando al oeste

William Clarke Park, mirando al norte


El parque es modesto, escondido y peculiar. Salvo por la vista lejana y parcial que se obtiene desde la verja del colegio Elm Grove, es imposible verlo desde la calle, rodeado como se halla de viviendas que le ofrecen sus traseras: verjas tras las que vemos o adivinamos patios, casetas de herramientas, pequeños jardines y un gallinero que abre sus puertas para que gallinas free range se alimenten en el parque y jueguen, confianzudas, con los niños. Cuando lo visito, algo menos de una docena de adultos trajinan aquí y allá con aperos de jardinería: están plantando árboles alrededor de la zona de los columpios. Se ve pronto que no son jardineros: son, una vez más, voluntarios de una asociación, vecinos que emplean la mañana de un domingo húmedo y frío de febrero en prestar un servicio a la comunidad. Hay que decir que tenían cara de pasárselo bien.

Es muy particular este parque casi invisible, que los vecinos conocen como The Patch (“El Terreno”); su planta extremadamente alargada indica que no fue concebido como tal. Los Amigos del William Clarke Park me remiten a su web, en la que me entero de que no solo colaboran con el Ayuntamiento en el mantenimiento del parque, sino que también se ocupan por turnos de abrir y cerrar las puertas en su horario, instalan pequeñas estructuras para favorecer la proliferación de la fauna y la flora locales y organizan diversos eventos populares a lo largo del año, siendo quizá el más destacable entre ellos el Patchfest: un festival repleto de actividades que se celebra un sábado de cada mes de julio.

Vista de William Clarke Park desde Elm Grove, a través de la verja del colegio homónimo

William Clarke Park: nido artificial

Narcisos en William Clarke Park


También me entero por esta y otras webs del origen de The Patch: ocupa el antiguo trazado de una línea de tren que unía London Road con Kemp Town. Desmantelada esta infraestructura ferroviaria en los años 70, el Ayuntamiento de Brighton compró los terrenos y un concejal llamado William Clarke se empeñó en que esa franja sirviera para el esparcimiento de los habitantes del barrio de Elm Grove. Lo cual explica la planta del parque, pero me dejaba abiertas muchas preguntas que me ha complacido resolver: ¿de dónde venía ese tren y hacia dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué se desmanteló? ¿Cuáles son las huellas de ese tren en los lugares por donde discurrió? Y, sobre todo, ¿cómo es que todos los días paso por donde antaño circularon locomotoras a vapor y no sabía nada…?

Parece ser que la rivalidad entre las diversas compañías que daban servicio ferroviario en el sur de Inglaterra fue el motivo de que la London, Brighton & South Coast Company decidiese abrir en 1869 un ramal hacia Kemp Town, hoy el barrio gay de Brighton. La línea, cuyo único objetivo fue obstaculizar que otras compañías se estableciesen en el área, nunca fue rentable: su trazado fue muy costoso por las muchas irregularidades que debía salvar sobre el terreno –la mayor parte del trayecto se hacía sobre viaductos o bajo tierra- y, sobre todo, porque su recorrido duplicaba el mismo viaje sobre ruedas. A la llegada de los autobuses, no pudo competir: en 1933 el tren dejó de transportar pasaje para dedicarse principalmente al transporte de carbón; y en 1971 la Southern Railway, heredera de todas aquellas compañías rivales, decidió cerrar la línea.

El ramal de Kemp Town se separaba de la línea Brighton-Lewes entre las estaciones de London Road y Moulsecoomb justo después del túnel de Ditchling Road; enseguida encontraba un gran almacén de carbón al aire libre -en lo que ahora es el polígono industral del Centenario- y la también desaparecida estación de Lewes Road. A continuación, la línea cruzaba Lewes Road a la altura del actual edificio de Sainsbury, que sustituyó en los años 80 el edificio de Arthur H. Cox & Co. y que conserva en su fachada el reloj que hasta entonces adornó la de aquella industria farmacéutica. El tren sobrevolaba Lewes Road sobre un viaducto que se introducía en el cuadrilátero de Melbourne Street (hoy hay un moderno edificio donde hace cuarenta años se alzaban sus pilares) y conectaba con un segundo viaducto elevado sobre un gran terraplén en lo que ahora son los patios de la escuela St. Martin.

El segundo viaducto pasaba por encima de Hartington Road cruzando los actuales emplazamientos de Gladstone Court y Old Viaduct Court, dos feos bloques residenciales enfrentados que siempre me llamaron la atención por la ruptura arquitectónica que suponen en un barrio que preserva tan fielmente el plano y las hechuras victorianas. En 1906-1911 funcionó un apeadero en Hartington Road en terreno que hoy pertenece a Old Viaduct Court. La línea proseguía su trazado sobre lo que hoy es William Clarke Park: entonces el tren se abría paso en el fondo de una cortada que separaba las traseras de Bonchurch Road, al este, de las de las varias calles diminutas que se le oponen al oeste; cuando la línea fue desmantelada, la trocha fue parcialmente cubierta con escombro y tierra antes de la siembra del césped actual.

En lo que hoy son canchas de baloncesto, el ferrocarril se introducía por debajo de Elm Grove en un túnel que horadaba las raíces de los barrios de Hanover y Queen’s Park; algún antiguo alumno de la escuela Elm Grove, que se encontraba justo encima de la entrada norte del túnel, recuerda el temblor del tren, cada mediodía, como parte de la rutina escolar. Una milla más al sur, tras atravesar las tripas de Race Hill, la locomotora emergía en Kemp Town, donde la línea única se dividía en cuatro para la gestión de las mercancías. Donde hasta los 70 se extendían un patio de maniobras, plataformas y una coqueta estación de tren, en un gran rectángulo excavado entre Evelyn Terrace, Freshfield Road, Sutherland Road e Eastern Road, hoy podemos encontrar los almacenes, naves y oficinas del polígono industrial de Freshfield.

Parece mentira que hoy queden tan escasos vestigios de las estructuras y la actividad que supuso una línea ferroviaria activa durante más de cien años. Aparte algunas webs como My Brighton & Hove, que conservan antiguas fotografías y testimonios de vecinos no menos antiguos, ciertos indicios como el nombre de Old Viaduct Court o las fracturas de la homogeneidad arquitectónica allá donde hubo viaductos y hoy hay edificios nuevos, poco queda de aquel tren. En el polígono del Centenario aún se puede apreciar la cortada por donde discurría. El rústico mobiliario del parque de William Clarke aprovecha parte del material del antiguo trazado: los bancos sencillos están hechos de traviesas que muestran aún las mordeduras de las sillas de asiento y los tirafondos. La entrada al parque por Hartington Road es un sendero que ya existía junto a la vía y permanece relativamente intacto. En la confluencia de Pankhurst Avenue con Down Terrace se puede ver a ras de suelo una pequeña estructura metálica que, dicen, sirvió de respiradero al túnel. La entrada sur al mismo sigue visible al pie del acantilado sobre el que asoma Evelyn Terrace, con entrada por las instalaciones de una empresa de almacenaje del polígono Freshfield. Allí es donde un amabilísimo Geoff me ha permitido transitar los 40 metros de túnel a los que la compañía tiene acceso y a los que, compartimentados, saca partido como almacén. Más allá, el túnel está clausurado. El extremo norte, al parecer, fue demolido durante la reforma de los terrenos del colegio Elm Grove y ya no presenta acceso.

Letrero de entrada de Old Viaduct Court, en el lado sur de Hartington Road

William Clarke Park: marcas de las sillas de asiento sobre la madera vieja

William Clarke Park: banco hecho de traviesas

Bóveda del túnel de Kemp Town

Entrada sur al túnel de Kemp Town, al fondo del polígono Freshfield

Entrada al William Clarke Park por el viejo sendero que da a Hartington Road, al lado de donde estuvo el viejo apeadero

Hartington Road mirando al oeste: se aprecia claramente la diferencia de estilos arquitectónicos


Y ahí sigue el túnel, bajo tierra, alimentando la curiosidad de un grupo de aficionados brightonianos a los ferrocarriles viejos que publican en internet material gráfico de gran interés para la historia de esta línea de tren y de su entorno urbano. Los Amigos de William Clarke Park organizaron en 2007 una solicitadísima excursión al túnel, que se abrió solo para que cuarenta personas lo recorrieran armadas de sus linternas. Allí están su siglo de carbonilla, sus humedades y algunos inquietantes grafitis que dicen: “Sacadme de aquí”.

Las estaciones de Lewes Road y Kemp Town, el apeadero de Hartington Road y los dos viaductos fueron derribados, y el túnel cegado, en distintas fases entre los años 70 y 80, abriendo espacio para nuevos edificios y equipamientos y modificando para siempre la fisonomía del barrio. Algunos de sus habitantes conservan en casa ladrillos producto de las demoliciones. Cuesta trabajo imaginar que aquellos trenes de vapor cruzaran a diario, silbando y llenando el aire de olor a grasa y a carbón, dando trabajo a centenares de personas y servicio a otras miles, el mismo lugar en que hoy mis hijos asisten a sus clases de matemáticas o juegan al balón.

Hartington Road mirando al este

Hartington Road mirando al este, en 1972

(Todas las fotos son de marzo de 2014 y propiedad del autor, excepto la última, que pertenece a la Colección James Grey de The Regency Society of Brighton and Hove.)

2 de febrero de 2014

Un tesoro románico inesperado en Clayton

Cuando los normandos conquistaron el reino de Inglaterra, el Conquistador otorgó Lewes y su comarca a su fiel barón Guillermo de Warenne, antepasado o epónimo de todos los Warren que en el mundo han sido. Entre sus propiedades se encontraba la aldea de Claitune, como atestiguó en 1086 ese monumental registro de la propiedad que conocemos como Domesday Book.

Hoy Clayton es una población minúscula, casi un barrio del cercano Hassocks que cuenta, no obstante, con poderosos atractivos. Uno lo constituye la pareja de molinos conocidos como Jack and Jill, ambos del siglo XIX y curiosos por la atribución de sus géneros. En Inglaterra los molinos, como los barcos, son siempre hembras; Jack de Clayton es uno de los escasos ejemplos de molino macho en el país... Pero hablaremos de molinos ingleses en otra entrada.

Otra de las peculiaridades de Clayton es la entrada norte al túnel que lleva el nombre del pueblo, el más largo en la línea Londres-Brighton: una especie de castillito bastante kitsch cuya construcción fue, al parecer, la condición impuesta a la compañía del ferrocarril por el propietario de las tierras bajo las que tenía que discurrir este túnel, allá por los años de 1840.

Pero lo que hace verdaderamente especial este lugar es la parroquia de San Juan Bautista, un templo del siglo XI puesto inicialmente bajo la advocación de Todos los Santos, como era frecuente entre los anglosajones. La iglesia, que conserva originales la planta y gran parte de su estructura, no es especialmente hermosa en la primera impresión. Sin embargo, la visita va sumergiendo al viajero poco a poco, insospechadamente, en un mundo de religiosidad primigenia. Me apasionan las catedrales pero, si en algún lugar encuentro una medida humana que pueda justificar algún tipo de relación espiritual, es en los humildes templos del prerrománico y el románico.

La entrada al recinto se efectúa bajo una de esos pórticos de madera que adornan tantas pequeñas iglesias en Gran Bretaña; su nombre, lychgate, remite al tiempo medieval en que se usaban a modo de capilla ardiente y cobertizo durante los servicios funerales. Hoy prestan su encanto rústico a los templos de los que son preámbulo y, en buena parte de Inglaterra, conceden un rato de protagonismo a los niños en las bodas.






Para acceder a la iglesia en sí hay que atravesar un tramo del cementerio al que volveré más adelante. Ya solo nos separa del interior –literalmente, dada la resistencia que presenta su picaporte- un portón de roble bruñido por el uso que, después de informarnos, sabemos que lleva allí desde el tiempo de los normandos. De la misma época son los frescos que cubren los muros de la nave y que dejan boquiabierto al visitante que entra sin estar avisado.

Como la mayor parte de los templos prenormandos, San Juan Bautista consta de una sola nave de planta pequeña y muros muy altos, más un presbiterio cuadrangular, no absidial, de menor altura. La parte superior de los cuatro muros de la nave está cubierta de frescos de una discreta policromía que, al parecer, permanecieron ocultos tras el enlucido hasta que, durante unas obras de restauración en 1893, volvieron a ver la luz para admiración del mundo. Los frescos del Juicio Final de esta iglesia, únicos en el país por extensión, edad y estado de conservación, son obra del llamado Grupo de Lewes, un puñado de pintores radicados en el Priorato de San Pancracio, el primer monasterio cluniacense de Inglaterra, fundado en Lewes por Guillermo y Gundrada de Warenne tras su visita a Cluny. Aquellos artistas románicos dejaron en Clayton la prueba de que el arte europeo del siglo XII ya había dejado de ser materia de interés local. Resulta evidente el parentesco de sus figuras con otras que conocemos del románico europeo: el pantocrátor en su mandorla, los ángeles y santos de miembros alargados... Amenazadas hoy por la acción disolvente de las heces de murciélago, estas pinturas explican que English Heritage haya clasificado San Juan Bautista como grade I, es decir, de interés más que nacional.






El conjunto inspiró a uno de los firmantes del libro de visitas, a mediados de 2012, las siguientes palabras: “Este es el lugar más especial para encontrar la paz, aclarar la mente y recargar las pilas. Mi hermana, tristemente enferma de esclerosis múltiple y no creyente, me contó que sintió que un brazo solícito la rodeaba cuando entraba en la iglesia”.

Y, a la salida, el extenso cementerio que circunda el templo también es un ámbito especial. Es obligado dar un paseo por entre las ordenadas filas de tumbas, contemplar algunas de ellas convertidas en fértiles parterres, admirar los cruceros de larga tradición insular, leer las inscripciones... El visitante encontrará en el lado sur, casi escondida de la vista de los viandantes, una lápida con el siguiente texto: “Aquí yace/ un gentil caballero/ Sir Norman Hartnell/ comendador de la Orden de Victoria, académico real/ 12 de junio de 1901-8 de junio de 1979/ modista de las/ reinas de Inglaterra/ 1937-1979/ enormemente añorado por sus muchos/ y queridos amigos”. Hartnell ganó su rango de caballero primero al servicio de Elizabeth Bowes-Lyon, y después al de Isabel II, para la que diseñó el vestido de su boda. Este hombre de gusto exquisito, para descansar por toda la eternidad, escogió un lugar al lado de su madre y su hermana en el cementerio de San Juan Bautista de Clayton.










(Fotos propiedad del autor)

14 de enero de 2014

Philip Larkin ante el sepulcro de los condes de Arundel

La catedral de Chichester, joya de la arquitectura normanda y del primer gótico inglés, no es de grandes dimensiones en un contexto que propició sedes grandiosas. Por eso mismo encierra un encanto especial y participa de lo acogedor que a veces falta en aquellos templos espectaculares. Me asombra de ella cómo una perfecta geometría puede llegar a adquirir suaves proporciones, acordes con la naturaleza, con el paisaje y con el hombre. Me gusta su rica combinación de arte y patrimonio antiguo, medieval, moderno y contemporáneo, conforme a la inteligente política iniciada por el obispado de Chichester a mediados del siglo pasado y que hace convivir un impresionante relieve del siglo XII sobre la resurrección de Lázaro con tapices de John Piper y Ursula Benker-Schirmer, un mosaico romano o una vidriera de Marc Chagall. Es peculiar el campanario exento del siglo XV, en proceso de necesaria restauración, y a su lado un san Ricardo de Philip Jackson muestra toda su fuerza recortado en bronce contra la catedral. El claustro, los recoletos espacios urbanos que rodean el templo y los jardines del palacio episcopal, de uso público, son paraísos de sosiego para lectores solitarios. Y la aguja que corona la torre central, hogar de una familia de halcones peregrinos, ayuda desde el siglo XIV a los viajeros a orientarse por toda la comarca y a los pescadores y los marinos de Sussex a situarse en sus singladuras, porque se trata de la única catedral inglesa que puede verse desde el mar.

Catedral de la Santísima Trinidad de Chichester.
Vista desde los jardines del palacio episcopal.

Nave central de la catedral.
Estatua en bronce de san Ricardo de Chichester en el exterior de la catedral,
por Philip Jackson (2000; detalle).


En la nave lateral norte del templo se encuentra el sepulcro de Richard FitzAlan (ca.1306-1376), X conde de Arundel y VIII de Surrey, miembro de una familia de origen bretón de la que también descendieron los reyes Estuardo, y su consorte Eleanor de Lancaster (ca. 1311-1372), bisnieta de Enrique III: un matrimonio de la más noble prosapia anglonormanda.

El conde de Arundel, como buen aristócrata inglés, participó muy relevantemente en la administración, la milicia y la diplomacia de su país al servicio de Eduardo II, Eduardo III y el Príncipe Negro en escenarios como Gales, Escocia o Francia. Militar muy competente, fue una de las principales figuras del bando inglés en la batalla de Crécy. Murió increíblemente rico; basándose en su testamento y ponderando la correspondiente inflación, Olivia Fleming ha calculado para el Daily Mail que FitzAlan poseyó la decimoquinta mayor fortuna personal de la historia, en una curiosa lista en la que se codea con los Rothschild, Rockefeller, Henry Ford, Carnegie, Bill Gates, Carlos Slim o Muammar Gaddafi.

La condesa Eleanor, segunda esposa de FitzAlan, murió unos años antes que este y fue enterrada en el priorato de Lewes que hoy, como tantos otros establecimientos religiosos ingleses, no existe debido al furor antimonástico y la codicia de Enrique VIII. Poco tardó el conde en seguirla literalmente a la tumba: en su testamento ordenó ser enterrado al lado de Eleanor y que su sepulcro no fuera más alto que el de ella ni en su funeral se dispusiera más pompa que las cinco antorchas que habían ardido cuatro años atrás junto al cadáver de su mujer.

Hoy el mausoleo de aquella pareja se encuentra en la catedral de Chichester. Las efigies de los condes los representan reposando uno al lado del otro, él armado como caballero, con la mano izquierda enguantada y la diestra, desnuda, estrechando la de su esposa. A los pies de esta descansa un perro, símbolo de la fidelidad, y a los del conde, así como bajo su nuca, sendos leones pequeños, similares a los que campean en el blasón de los Arundel pero mansos y no rampantes. El paso del tiempo ha surtido su efecto y los elementos más salientes del altorrelieve han sufrido fracturas y desgastes, especialmente notorios en los pies y las narices de los yacentes. La impresión general que infunde esta obra no muy distinguida del gótico inglés es de una gran serenidad.





Philip Larkin visitó la catedral de Chichester a mediados del siglo XX y, según confesó más adelante, se sintió conmovido por la contemplación de la tumba de los condes de Arundel. Larkin concluyó en 1956, a propósito de este sepulcro, un poema titulado "An Arundel Tomb" que años después iba a aparecer en su libro The Whitsun Weddings (Londres: Faber and Faber, 1964) y que se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los más citados de su autor, considerado ya uno de los más grandes poetas del siglo XX en lengua inglesa. Larkin se lamentó en alguna ocasión de la popularidad del último verso de esta composición, tan aparentemente contradictorio con su habitual tono escéptico, tal vez cínico: "Lo único que sobrevivirá de nosotros es el amor".

Puede que este sea el verso más veces malinterpretado de la historia. Tomado como enésima versión del "Omnia vincit amor" horaciano, prolongaría un tópico explotado con éxito, entre otros muchos, por Shakespeare, Quevedo, Caravaggio y Bécquer; sería, en efecto, contradictorio con el tono más característico del hosco bibliotecario de Hull y solo se explicaría como concesión sentimental. No obstante, una lectura diligente del poema proporciona una visión muy distinta. He aquí el texto, que podemos encontrar también reproducido junto a la tumba de Richard y Eleanor:

    AN ARUNDEL TOMB 

    Side by side, their faces blurred,
    The earl and countess lie in stone,
    Their proper habits vaguely shown
    As jointed armour, stiffened pleat,
    And that faint hint of the absurd—
    The little dogs under their feet.

    Such plainness of the pre-baroque
    Hardly involves the eye, until
    It meets his left-hand gauntlet, still
    Clasped empty in the other; and
    One sees, with a sharp tender shock,
    His hand withdrawn, holding her hand.

    They would not think to lie so long.
    Such faithfulness in effigy
    Was just a detail friends would see:
    A sculptor’s sweet commissioned grace
    Thrown off in helping to prolong
    The Latin names around the base.

    They would not guess how early in
    Their supine stationary voyage
    The air would change to soundless damage,
    Turn the old tenantry away;
    How soon succeeding eyes begin
    To look, not read. Rigidly they

    Persisted, linked, through lengths and breadths
    Of time. Snow fell, undated. Light
    Each summer thronged the glass. A bright
    Litter of birdcalls strewed the same
    Bone-riddled ground. And up the paths
    The endless altered people came,

    Washing at their identity.
    Now, helpless in the hollow of
    An unarmorial age, a trough
    Of smoke in slow suspended skeins
    Above their scrap of history,
    Only an attitude remains:

    Time has transfigured them into
    Untruth. The stone fidelity
    They hardly meant has come to be
    Their final blazon, and to prove
    Our almost-instinct almost true:
    What will survive of us is love.

Este soberbio ejemplo contemporáneo de écfrasis es, en realidad, un discurso radicalmente desmitificador que cuestiona la trascendencia del amor y desvincula la belleza de la verdad. En resumidas cuentas, viene a decirnos la voz poética, la actitud que el escultor imbuyó en la piedra -la fidelidad en el amor conyugal- probablemente no fue sentida ni planeada por los difuntos más allá del rito destinado a los supervivientes más cercanos. Y, sin embargo, es lo único que queda una vez que el sepulcro deja de ser documento de dos vidas que fueron para convertirse en obra visual per se: cuando visitantes de épocas muy distantes han dejado de leer para solamente mirar. Todo acaba siendo, por tanto, mentira, tal y como anticipa en el verso trece la brillante dilogía "They would not think to lie so long", y tal y como remata la última estrofa: el tiempo ha sustituido las verdaderas historias de los yacentes por una mera "actitud", por una "no-verdad" que demuestra que nuestro "casi-instinto" (la pretensión de que el amor vence a la muerte) es "casi verdad" y, por consiguiente, mentira. Y, así, el arte que nos transmite toda esta falsificación no tiene nada que ver con la vida. Sin aislar de su contexto, el último verso de este hermosísimo poema es definitivamente -demoledoramente- escéptico. Sorprende que el deán de la catedral de Chichester no haya ordenado retirarlo inmediatamente del sepulcro de los Arundel. Agitadoras.

Philip Larkin en 1974. Fotografía de Fay Godwin.

(Fotografías propiedad del autor excepto el retrato del poeta, propiedad de los herederos de Fay Godwin, British Library y National Portrait Gallery, Londres.)

16 de diciembre de 2013

Blake en Chichester

William Blake, hoy aclamado por muchos como la mayor figura de la literatura inglesa, murió prácticamente desconocido. Poeta, pintor e ilustrador, su complejo pensamiento, enteramente influido por la religión, se distinguió así mismo por su crítica a los abusos del poder, las desigualdades, el mercantilismo y la guerra.

Durante su período en Felpham (West Sussex), Blake sufrió la intrusión de un soldado ebrio, de nombre John Schofield, en el jardín de su casa. Ante la inutilidad de las palabras, el pacífico Blake hubo de expulsar al miembro de los Royals Dragoons por la fuerza. Schofield  amenazó: "¡Cuidado, que soy un soldado del Rey!", y Blake, al parecer, contestó algo parecido a: "Me cago en el Rey y me cago en ti". Lo cual, puestos en situación, no deja de ser humano.

El casaca roja, herido en su orgullo, urdió con un compañero suyo una historia según la cual Blake no solo habría injuriado a Jorge III, sino que además habría manifestado su deseo de que Napoleón ganase la guerra y les cortase la cabeza a todos. Acusación que hoy puede parecer ridícula, pero que en tiempo de guerra le ganó al poeta un juicio por agresiones y sedición.

La vista tuvo lugar el 10 de enero de 1804 en Chichester, en lo que conocemos como The Guildhall, pero que originalmente había sido parte de un monasterio franciscano del siglo XIII. Este sobrio edificio gótico sobrevive rodeado de robles y verdor en medio del Priory Park; hoy forma parte del Museo del Distrito, pero desde que en el siglo XVI la mayor parte de las instalaciones de los Grey Friars fueran demolidas por orden del insaciable Enrique VIII, había servido como salón municipal, gremial y judicial en la capital de Sussex.

The Guildhall. Priory Park, Chichester (2013). Foto propiedad del autor.

Presidió el juicio un bisnieto de Carlos II: Charles Lennox, III duque de Richmond. Durante la sesión quedó meridianamente claro que, cualquiera que fuese la expresión de Blake, Schofield había exagerado el episodio para satisfacer su ansia de venganza. El juez fue imparcial y el jurado absolvió al poeta.

Poco después Blake regresaría a Londres y pondría manos a la obra con su Jerusalem, al que pertenecen unos versos que evocan el Guildhall de Chichester y que en otro manuscrito aparecen bajo el título "The Grey Friar": un texto acerca de un monje franciscano que sufre martirio por mantenerse firme en sus convicciones contrarias a la violencia. Buscando en las ilustraciones de Jerusalem encontraremos también la figura de John Schofield, representada de forma poco ventajosa.

Retrato de William Blake, por Thomas Phillips (1807). Foto de Wikimedia Commons.

11 de octubre de 2013

Peldaños inscritos en el castillo de Lewes

Hace casi mil años que nos contemplan los sillares del castillo de Lewes desde lo alto del promontorio artificial en que fue emplazado. Más concretamente, desde la conquista del trono inglés por Guillermo I y el reparto de Sussex entre sus barones normandos. La hermosa ciudad de Lewes correspondió a Guillermo de Warenne, caballero muy principal y yerno del Conquistador, que inmediatamente se ocupó de fortificar el lugar en el que ya había existido una fortaleza sajona. De aquel poderoso castillo sobreviven hoy solo algunas partes, la más impresionante de las cuales es una barbacana de construcción algo posterior.


Al oeste se alza el conjunto más elevado del castillo, su torre del homenaje. Para llegar a sus almenas es necesario salvar hasta 120 escalones entre terrazas ajardinadas.


Al llegar a la cima, el visitante comprende por qué sajones y normandos escogieron este lugar para dominar el valle del Ouse.


El castillo de Lewes ha sido objeto en años recientes de obras de restauración sustanciales por valor de un millón de libras esterlinas. La Sussex Archeological Society, propietaria de este monumento y de otros varios a lo largo y ancho de los condados de West Sussex e East Sussex, decidió sufragar parcialmente los elevados gastos mediante una interesante modalidad de suscripción popular, bajo el eslogan Sponsor a step. En la web de esta organización no lucrativa se puede comprobar: todo ciudadano particular, organización o colectivo puede comprar uno de los 120 peldaños de la escalera por la módica cantidad de quinientas libras. Aportando esta cantidad, cada nuevo patrono adquiere el derecho a que uno de los escalones que suben al castillo de Lewes lleve grabado su nombre o cualquier frase que no sobrepase los 32 caracteres. La web de la SAS muestra como ejemplo una inscripción de tipo comercial y la mayoría de los mensajes constituyen meras firmas individuales o de parejas o familias. Algunas hacen las veces de brevísimas estelas funerarias y unas pocas encierran destellos de concisión e ingenio forzosamente más concentrados que los que encontramos en Twitter. En estas imágenes tomadas hoy encontramos a "Los Barton, que adoran los castillos", a la familia Brotherton, al Ayuntamiento de Lewes o a sus residentes y visitantes...




No es la única institución que ha recurrido a esta forma de financiación: la mexicana Universidad de Monterrey, por ejemplo, también vende ladrillos grabados. Empresas norteamericanas como Olde Mill o Brick Markers hacen del ladrillo inscrito un eficaz instrumento de marketing tanto comercial como no lucrativo.

En el caso de Lewes, se trata de una forma bastante segura de garantizarse un recuerdo, sobre todo si tenemos en cuenta que las piedras a que acompañarán estas inscripciones llevan ahí casi mil años.

(Fotos propiedad del autor. Publicado también en Retazos)